AnderGraund


miércoles, marzo 24, 2004  

Y ahora, uno mas de mis cuentos malos y sin sentido (mucho menos orden, puntuación y coherencia).



III

No solíamos jugar muy a menudo en la calle, mas bien pasábamos largas horas metidos en casa contando pelusas. Las contábamos una por una y con cuidado de no repetirlas. Nos recostábamos sobre el sofá y movíamos la cortina de modo que solo entrara un delicado rayo de luz y nos hiciera ver todas aquellas pelusas y polvo flotando en los aires tranquilos de la sala. Del lado derecho estaba yo y del izquierdo, no muy dejos de mi (casi mejilla con mejilla) estaba Estephanie, una niña que había llegado a casa por asares del destino y que desde entonces permanecía ahí, sin hablar, sin opinar enfrente de los grandes, sin hacer berrinches y sin pedir nada, ni un solo vaso con agua. Asi era como contábamos las pelusas y las motas de polvo que alegraban el día de los dos.
Estephanie mostraba irónica su independencia pues, a sus escasos 8 años, enmendaba su propia ropa (incluso la mía), tomaba ella sola todo aquello que necesitase y planchaba muy bien, muy fina y correctamente, incluso, sabia usar la maquina de lavar mejor que mi madre.

¡Mamá!– chillaba siempre Ulises al sentirse intimidado por Estephanie, que siempre lo hacia que gritase y gritase hasta que mamá venia al cuarto y nos regañaba siempre de una forma muy cariñosa – ¡Maaaaaaaaaamá! ¡Niña me esta molestando!.

Un día mientras contábamos las pelusas, nos encontramos con la noticia de que Papá salía de la ciudad y nos dejaría solos con Mamá por un par de semanas. Las cosas con Papá eran siempre muy tensas: Estar sentado correctamente frente a la mesa, estar bien peinados, limpios, con buena cara y sobre todo muy buenos modales. Cosa que le causo muchos problemas a Ulises, puesto que su actitud en la mesa era siempre la misma, siempre hurgándose la nariz, acariciando su cabello y dejando caer algunos cuantos sobre la mesa, siempre mascaba con la boca abierta y sorbía del plato la sopa de letras que Mamá muy cariñosamente preparaba para nosotros.

Una ves Papá nos presto su vieja lámpara de minero (en los años 60’ Papá había sido encargado de una vieja mina de carbón en las afueras del pueblo y decidió conservar como un recuerdo aquella vieja lámpara) y los tres nos divertíamos a mogollón imaginándonos dentro de aquellos profundos túneles de aire denso y paredes sólidas. Por lo regular Estephanie era la Jefa Encargada y Ulises y Yo éramos mineros que trabajábamos para mantener a nuestras grandes familias imaginarias (que como toda familia imaginaria, necesitaba de comida imaginaria para sobrevivir). El trabajo era duro, y la Jefa muy estricta.
Pasaba el día entero y por cuestiones de intereses similares, siempre se presentaba la misma pelea por la vieja lámpara de minero de Papá. Ulises siempre quería usarla y yo alegaba que era mi turno, pues por lo menos el la había usado las ultimas cinco veces que habíamos jugado a La Mina (así era como llamábamos a nuestro juego) y nunca creía que era mi turno. Nunca.

¡Maaaaaaaaaamá! Dile que es mi turno, dile, dile, anda, dile– Chillaba Ulises haciendo que su rostro enrojeciera y preocupara a Mamá.
Ya basta mariquete, deja de gritar a Mamá o te tendré que enseñar quien manda.– Y le mostraba mi puño enfurecido.
Le diré a Mamá que me estas amenazando.
Anda marica, corre y dile a Mamá que te estoy amenazando, a ver si te quedan ganas de hablar después de tremenda paliza.


La pelea era siempre la misma y no solo cuando jugábamos a La Mina, si no en cada juego que se nos ocurriese siempre pasaba lo mismo, siempre lo mismo hasta que Estephanie o yo terminábamos por aburrirnos y dejábamos solo a Ulises jugando con la vieja lámpara o con la pelota de fut bol sin aire. Ulises siempre decía que así era la pelota y que no era de otra forma. Era sin aire y no se hablaba más.

Aunque regularmente Estephanie y yo estábamos la mayor parte del tiempo juntos, había momentos e incluso días en los que no nos dirigíamos ni una sola palabra. Ni una mirada, o bueno, una que otra con muestras muy interesantes de odio y rencor, casi siempre por haber sido el que acusara a tal o a cual de haber hecho este o aquel destrozo, de los cuales bien recuerdo aquel día: Estephanie me esperaba sentada en porche de la casa con mi libreta de dibujo en las manos y con una mirada sumamente retadora. Primero media la distancia, lo mínimo como para correr y lo máximo como para hacer su maldad. Yo me acercaba poco a poco bordeando el cerco de madrera blanca que decoraba la casa como lo hacia todos los días al regresar de la escuela (Ulises había sido expulsado por haber escupido en la pizarra luego de haber levantado la falda de la maestra dejando ver sus carnes blancas y seniles; y Estephanie no había sido aun inscrita, así que el par de engendros permanecían todo el día en casa jugando a La Mina o contando pelusas o motas de polvo) junto con Enrique y Arturo, no eran mis amigos, solo compañeros de clase pero no me los quitaba de encima, diario compartíamos el camino y de ves en cuando intercambiaba algunas palabras con ellos…. Pero bueno, ese día Ella me esperaba sentada muy linda en el porche, con su largo vestido blanco de azules alegres y ese sombrero regalo de la Abuela. Su imagen reflejada en el pasto transmitía su odio e incluso su coraje hacia mi, yo no entendía, recién llegaba de la escuela, cansado y con mucha hambre, no lo sabia exactamente pero, sentía que algo estaba por venir y no era nada bueno.

Escrito por el saurosd como a eso de las... 8:38 p. m.
miércoles, marzo 24, 2004
Y ahora, uno mas de mis cuentos malos y sin sentido (mucho menos orden, puntuación y coherencia).



III

No solíamos jugar muy a menudo en la calle, mas bien pasábamos largas horas metidos en casa contando pelusas. Las contábamos una por una y con cuidado de no repetirlas. Nos recostábamos sobre el sofá y movíamos la cortina de modo que solo entrara un delicado rayo de luz y nos hiciera ver todas aquellas pelusas y polvo flotando en los aires tranquilos de la sala. Del lado derecho estaba yo y del izquierdo, no muy dejos de mi (casi mejilla con mejilla) estaba Estephanie, una niña que había llegado a casa por asares del destino y que desde entonces permanecía ahí, sin hablar, sin opinar enfrente de los grandes, sin hacer berrinches y sin pedir nada, ni un solo vaso con agua. Asi era como contábamos las pelusas y las motas de polvo que alegraban el día de los dos.
Estephanie mostraba irónica su independencia pues, a sus escasos 8 años, enmendaba su propia ropa (incluso la mía), tomaba ella sola todo aquello que necesitase y planchaba muy bien, muy fina y correctamente, incluso, sabia usar la maquina de lavar mejor que mi madre.

¡Mamá!– chillaba siempre Ulises al sentirse intimidado por Estephanie, que siempre lo hacia que gritase y gritase hasta que mamá venia al cuarto y nos regañaba siempre de una forma muy cariñosa – ¡Maaaaaaaaaamá! ¡Niña me esta molestando!.

Un día mientras contábamos las pelusas, nos encontramos con la noticia de que Papá salía de la ciudad y nos dejaría solos con Mamá por un par de semanas. Las cosas con Papá eran siempre muy tensas: Estar sentado correctamente frente a la mesa, estar bien peinados, limpios, con buena cara y sobre todo muy buenos modales. Cosa que le causo muchos problemas a Ulises, puesto que su actitud en la mesa era siempre la misma, siempre hurgándose la nariz, acariciando su cabello y dejando caer algunos cuantos sobre la mesa, siempre mascaba con la boca abierta y sorbía del plato la sopa de letras que Mamá muy cariñosamente preparaba para nosotros.

Una ves Papá nos presto su vieja lámpara de minero (en los años 60’ Papá había sido encargado de una vieja mina de carbón en las afueras del pueblo y decidió conservar como un recuerdo aquella vieja lámpara) y los tres nos divertíamos a mogollón imaginándonos dentro de aquellos profundos túneles de aire denso y paredes sólidas. Por lo regular Estephanie era la Jefa Encargada y Ulises y Yo éramos mineros que trabajábamos para mantener a nuestras grandes familias imaginarias (que como toda familia imaginaria, necesitaba de comida imaginaria para sobrevivir). El trabajo era duro, y la Jefa muy estricta.
Pasaba el día entero y por cuestiones de intereses similares, siempre se presentaba la misma pelea por la vieja lámpara de minero de Papá. Ulises siempre quería usarla y yo alegaba que era mi turno, pues por lo menos el la había usado las ultimas cinco veces que habíamos jugado a La Mina (así era como llamábamos a nuestro juego) y nunca creía que era mi turno. Nunca.

¡Maaaaaaaaaamá! Dile que es mi turno, dile, dile, anda, dile– Chillaba Ulises haciendo que su rostro enrojeciera y preocupara a Mamá.
Ya basta mariquete, deja de gritar a Mamá o te tendré que enseñar quien manda.– Y le mostraba mi puño enfurecido.
Le diré a Mamá que me estas amenazando.
Anda marica, corre y dile a Mamá que te estoy amenazando, a ver si te quedan ganas de hablar después de tremenda paliza.


La pelea era siempre la misma y no solo cuando jugábamos a La Mina, si no en cada juego que se nos ocurriese siempre pasaba lo mismo, siempre lo mismo hasta que Estephanie o yo terminábamos por aburrirnos y dejábamos solo a Ulises jugando con la vieja lámpara o con la pelota de fut bol sin aire. Ulises siempre decía que así era la pelota y que no era de otra forma. Era sin aire y no se hablaba más.

Aunque regularmente Estephanie y yo estábamos la mayor parte del tiempo juntos, había momentos e incluso días en los que no nos dirigíamos ni una sola palabra. Ni una mirada, o bueno, una que otra con muestras muy interesantes de odio y rencor, casi siempre por haber sido el que acusara a tal o a cual de haber hecho este o aquel destrozo, de los cuales bien recuerdo aquel día: Estephanie me esperaba sentada en porche de la casa con mi libreta de dibujo en las manos y con una mirada sumamente retadora. Primero media la distancia, lo mínimo como para correr y lo máximo como para hacer su maldad. Yo me acercaba poco a poco bordeando el cerco de madrera blanca que decoraba la casa como lo hacia todos los días al regresar de la escuela (Ulises había sido expulsado por haber escupido en la pizarra luego de haber levantado la falda de la maestra dejando ver sus carnes blancas y seniles; y Estephanie no había sido aun inscrita, así que el par de engendros permanecían todo el día en casa jugando a La Mina o contando pelusas o motas de polvo) junto con Enrique y Arturo, no eran mis amigos, solo compañeros de clase pero no me los quitaba de encima, diario compartíamos el camino y de ves en cuando intercambiaba algunas palabras con ellos…. Pero bueno, ese día Ella me esperaba sentada muy linda en el porche, con su largo vestido blanco de azules alegres y ese sombrero regalo de la Abuela. Su imagen reflejada en el pasto transmitía su odio e incluso su coraje hacia mi, yo no entendía, recién llegaba de la escuela, cansado y con mucha hambre, no lo sabia exactamente pero, sentía que algo estaba por venir y no era nada bueno.


saurosd 8:38 p. m.

xxx
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[ Simplemente un desperdicio mas de palabras, en este vasto mundo bloguita ]

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location:somewere in Ense-nada, refujiado en la psicodelia y eternamente atrapado en la catarsis: su cuarto
e-m@il:mauroutoftime@hotmail.com
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